L A   C A V E R N A ... E S E

M O V I M I E N T O   P E R P E T U O

D E   A L I C I A   D A U V I N   S O L A R

p o r   M i g u e l   M o r e n o   D u h a m e l


 

 

 

 

Miguel Moreno Duhamel, escritor, músico y visualista.


 

 


EN LA POESÍA BUSCAMOS ALGO QUE NUNCA SE PERDIÓ 


 

 

 

 

 

 

“No puedes escribir tal como hablas”, me dijo alguna vez Alicia Dauvin, mientras conversábamos en su casa durante alguna de las reuniones que mantuvimos para la edición del libro “La caverna, ese movimiento perpetuo”.  Podríamos pensar que es el primero que publica, pero esto no es así, ya que en los ochenta apareció un volumen que no fue del agrado de la escritora, sin embargo, ese registro se convierte ahora, con el paso del tiempo, en un documento interesante de leer y observar.  Además, Alicia tiene a su haber varios poemarios que ya conocieron ilustres de las letras, tales como Jorge Teillier, Braulio Arenas, Volodia Teitelboin, Sun Axelsson o Liu Xaiopei, cuyos comentarios aparecen en las solapas del libro.

 

Durante esas reuniones, Alicia demostró la inconformidad y el afán de corregir constantemente su escritura.  Concordamos en que el libro debe ser un bello objeto en sí, y nos esforzamos para que así fuera, tanto en el diseño como en la materialidad.  Pero esas instancias sirvieron para conversar, además de cómo se fue construyendo su libro, sobre lo que debe ser el oficio de escribir.  Alicia es muy crítica con su trabajo y con el de los demás.  Su ojo agudo sobrescribe y tarja lo que sobra en el texto, lo que está construido débilmente, lo que se transforma en una redundancia innecesaria y asesina.  Tal como escribió hace casi un siglo Vicente Huidobro: el adjetivo, cuando no da vida, mata.

 

En ese sentido, es algo intimidante estar frente a Alicia y mostrarle trabajos personales.  Confieso que me atreví y le regalé uno de los libros de mi autoría, pero después, a la salida de su casa, me arrepentí.  Me fui pensando que ella haría una autopsia de mi escritura, pensé si habría corregido lo suficiente, capaz que se me hubieran pasado algunas cosas…pero, ¡qué va! Hice de tripas corazón y lo dejé en sus manos, aunque nunca le pregunté qué le había parecido.  Tiempo después me hizo un breve y halagüeño comentario.  En mi interior respiré tranquilo.

 

Esto que digo es bastante crucial en muchos aspectos, ya que, por un lado, nos muestra el trabajo de orfebrería que Alicia Dauvin realiza con sus propios textos; por otra parte, es siempre enriquecedor conversar con ella sobre las experiencias vividas con otros escritores y su obra; y sobre todo, pienso que Alicia es una estupenda maestra para comprender que escribir no es sólo verter los sentimientos sobre la página en blanco o el computador, no basta con las experiencias personales que en el fondo no son tales, y cito a Leo Masliah.  Que escribir en cualquiera de sus modalidades nos obliga a conocer nuestra herramienta de trabajo principal, que es la palabra.  Una vez logrado eso, podemos experimentar forzando el lenguaje hacia nuevos lugares, formas o propósitos.  Pienso que Alicia debiera dirigir más talleres y los alumnos agolparse para entrar en ellos.

 

Pasemos un poco a su libro “La caverna, ese movimiento perpetuo”.  Inundado del mito de Perséfone o Proserpina, la hija de la diosa Deméter, quien fue raptada por Plutón o Hades, el que cegado de amor y deseo, la llevó como esposa hasta su siniestro reino habitado por los muertos.  De esa unión sin amor no nació ningún hijo.

 

Alicia sitúa a Perséfone como una habitante del siglo XXI, y sus salidas de la caverna, que es la puerta de entrada al Hades, le hacen reconocer luces y sombras que se pasean en su interior y no son otra cosa que la apariencia de los sentimientos, la geografía del alma.

 

La escritura de Alicia Dauvin es filosófica, profunda, sicológica.  Dice en sus textos que ha visto la esencia y la forma de todas las cosas.  Exclama con vehemencia que conoce las palabras y que con ellas puede hacer dados con las piedras.  A veces escucha que no existe.  A veces intuye la potencialidad del tiempo.  Y, al final del viaje, sabe que todos, algún día, nos disputaremos la dulzura de la tierra.

 

Bella escritura la de Alicia.  Hay que leerla atento, mejor en voz alta, que es como debiera leerse la poesía.  Sólo de esta manera se puede interpretar el texto con los silencios necesarios, con la respiración correspondiente, que nos lleva al lugar donde en ese momento de la lectura habita el poema, permitiéndonos vislumbrar aquello que nunca hemos perdido, pero que nos empeñamos en buscar.

 

Algo más que decir sobre Alicia Dauvin: me alegra ser el editor de este libro, conocer a la autora y haber ayudado en producir un bello objeto.  Pero, por sobre todo, puedo decir que Alicia es una tremenda escritora.  Acérquense.  Conversen con ella.  Les aseguro que aprenderán mucho sobre una parte importante de la literatura chilena a partir de una de sus protagonistas.

 

En la poesía, buscamos algo que nunca se perdió.

 


 

 

 
 

 

 


 

Alicia Dauvin Solar, 1944. Ha impartido diversos talleres literarios.  Su obra ha sido incluida en Historia de la literatura chilena, de Máximo Fernández Fraile; Diccionario de la literatura chilena, de Efraín Szmulewicz.  Ha obtenido, en el 2001, el premio municipal de literatura por su poema  Adixia, un limbo imaginario, y en 2003, el premio nacional de literatura por su ensayo Dragatiempo, ensayos filosóficos.

 

"La caverna...ese movimiento perpetuo", Marciano Ediciones, 2017. Poemas. 126 páginas.

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